El invierno.

De quimeras me alimento
y la llama de la venganza se aferra,
estrepitosamente,
al abandono de una senda
corrompida por el tiempo.

El lascivo aliento de la desesperación
me atrae.
El olor de la sinrazón
camela mis austeros sentidos
perpetuados por la desgana.

Quiero abatir esa puerta
y por un ventanal
echar mi vida al azar,
donde reír deje de ser
para histriones patéticos.

Me deleito en los sueños
y me olvido de vivir.
Es entonces,
cuando el vapor de un espíritu cálido
apaga la sed más abrumadora que existe.
Como cuando se abre
un rayo de luz en un día famélico
y sorprende
y se mira al cielo donde todo es gris
porque la oscuridad absoluta
ha sido aplacada por el sol.

Idolatro la trascendencia
de todo y de nada
donde mi yo esperanzado
divaga con cosas
mezquinas y maravillosas.

Donde mi yo esperanzado,
en la frontera de sus limitaciones,
sin más horizonte
que el placer irisado,
desafía versos espinosos.

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